A veces, es mejor mantenerse alejado de las noticias,
Sobre todo, de las trágicas.
De las que vienen envueltas en velo negro,
Con olor a cera y repique de campanas.
Cuando uno está lejos de su tierra,
De sus raíces, de su familia, de los amigos
Que poco a poco han dejado de llamar o escribir correos
Y la lengua materna solo se abraza
En breves diálogos telefónicos o en libros polvorientos
De la época universitaria,
Cree que el tiempo se estanca como los barcos durante la bajamar.
No acostumbro a leer periódicos,
Si acaso, los reportajes culturales del fin de semana,
En donde se muestra una lista bien detallada de los conciertos,
Obras de teatro, recitales y exposiciones de arte.
En mi otra vida, fui un devorador compulsivo de esquelas.
En realidad, no se de quien adquirí tan macabro pasatiempo,
Pero podía pasarme horas intentando reconocer los retratos
Llenos de vida y esperanza que acaparaban la sección de defunciones.
Incluso, comparaba varios diarios para descubrir
Quien dedicaba más celulosa a la muerte.
Me llamaba y me llama la atención,
La necesidad y la fuerza que tiene la gente para llamar,
En esos momentos tan delicados, y contratar un espacio,
Que todo hay que decirlo, no resulta nada barato.
Quizás sea un último adiós, a lo grande,
Como los toreros los días de gloria,
O una simple llamada de socorro en busca de un hombro amigo.
Lo cierto, es que espero no llegar a ver nunca mi cara en esta sección,
Y si así es, poder llamar a la familia y a los amigos
Para decirles que no es verdad,
Que sigo vivo,
Que mienten.
Sindicación