“La rutina mata”, sentencia Guerra Garrido en su libro La soledad del ángel de la guarda.
Cuando un hombre o una mujer se encuentran en la plenitud de su edad laboral, entre los dieciséis y los sesenta y cinco en los países desarrollados, y de los cinco a los veintitrés en los subdesarrollados, según la esperanza de vida, los reconocimientos médicos, optativos, se llegan a convertir en una espiral interminable de pruebas y visitas al médico de cabecera, de las que uno nunca sale por la puerta grande a gritos de ¡Torero, torero!
Todo empieza por una ligera alteración en los márgenes de los componentes sanguíneos; leucocitos, bilirrubinas, transaminasas…Nombres que jamás habrían llegado a nuestros oídos si no fuese por canciones pegadizas y anuncios de yogures.
Ante estas situaciones uno tiene dos opciones; afrontar con temple dichas alteraciones y ponerse en manos especializadas para futuras pruebas y contra análisis, como los acusados de doping, o por el contrario armarse de valor y convivir con el lastre y el remordimiento de los trastornos sanguíneos.
Personalmente, soy de los que prefieren vivir de la mano del riesgo, jugarse la piel diariamente, con la carga de conciencia, mas bien con la muerte disfrazada de Transaminasa, pisándote los talones.
Apenas bebo, solo por sed o de alegría. Fumo lo necesario, lo que el gusano del golpe de suerte me pide, nunca por rutina, porque la rutina mata. Deporte, lo justo para mi edad, suficiente para conciliar mi pasado de deportista de elite, porque está medicamente comprobado que el deporte mata.
Trabajo, también lo justo para pagar deudas y algún capricho, ya que está científicamente comprobado que el trabajo mata.
Y desde hoy, no volveré a jugar al tute, cabrón, a diario, con los compañeros de curro en el bar del barrio, porque está certificado socialmente que el tute, como la rutina matan.
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